La Iglesia en el Perú vive desde diciembre de 2025 un Año Jubilar dedicado a Santo Toribio de Mogrovejo, al cumplirse 300 años de su canonización. Este tiempo especial invita a mirar con renovada atención la vida de un pastor que recorrió pueblos enteros para escuchar, acompañar y defender la dignidad de quienes enfrentaban situaciones de abandono o injusticia.
Este Jubileo es también una oportunidad para redescubrir el modo concreto en que Santo Toribio vivió su misión: visitando a enfermos, recorriendo pueblos remotos, aprendiendo las lenguas de las comunidades y ofreciendo su tiempo y sus bienes para aliviar necesidades urgentes. Estos gestos, recogidos por la historia, siguen inspirando a quienes hoy buscan acompañar con cercanía y respeto a las personas y familias.
En la tradición de la Iglesia, un año jubilar es una invitación a renovar el corazón y volver a lo esencial del Evangelio. En este caso, significa acercarse al testimonio de un obispo que impulsó una Iglesia cercana y disponible, preocupada por el cuidado de cada persona y por la vida concreta de los pueblos que acompañaba.
¿Quién fue Santo Toribio de Mogrovejo?
Santo Toribio nació en Mayorga (España) en 1538 y llegó al Perú en 1581 para asumir como Arzobispo de Lima. Con formación en derecho y un profundo sentido pastoral, dedicó 25 años a ordenar la vida eclesial, impulsar la formación del clero y visitar incansablemente comunidades de la costa, sierra y selva.
Su legado también se reconoce en la cercanía con que acompañó a personas enfermas, pobres y excluidas, especialmente en tiempos de epidemias o abandono. Desde esa sensibilidad concreta —atender, escuchar, consolar y cuidar— su vida sigue recordando que toda persona merece ser tratada con dignidad, incluso en los momentos más frágiles.
Un Jubileo que invita a acompañar
Desde la Asociación Civil San Juan Bautista acogemos este Jubileo como un llamado a renovar nuestra misión de acompañar a las personas y familias con respeto, cercanía y esperanza. Recordamos, junto a Santo Toribio, que cada vida merece ser cuidada con amor; y que, incluso en el momento de la partida, la fe nos invita a sostenernos en la promesa de la resurrección y en la paz que solo Dios puede dar.
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